"Poesía Cirquera" es un proyecto literario. Un proyecto de divulgación pasional. Un proyecto que difunde a través de las distintas formas de la literatura, la pasión por los procesos creativos en general y por el circo y los espectáculos callejeros en particular. El proyecto se divide en dos grandes áreas:

La primera está conformada por textos escritos por Bruno M. Gagliardini (Brunitus), el director y generador del proyecto, artista de circo y artista callejero que dedica su vida a estas artes. La segunda es una recopilación de textos de los más variados autores y géneros, resultado de la búsqueda e investigación propia y la colaboración y sugerencia de amigos y colegas.

Así conviven cuentos, relatos, poemas y ensayos inspirados en el circo y sus personajes, la calle y su público. La risa, la idea, el riesgo, el sudor, los aplausos, el silencio. El circo, redondo como la luna, también tiene su cara oculta.

"Poesía Cirquera" es una grieta en la lona por donde espiar este fantástico mundo.
Pasen y vean. Pasen y lean...

Pañuelo Rojo

Era muy pequeño cuando me preguntaron qué me gustaría ser de grande. Mis compañeritos respondieron: heladero para comerse todos los helados, famosa para salir en la tele, superhéroe para salvar al mundo, portero para baldear las veredas, bailarina, jugador de futbol, inventor, presidente y carpintero. Cuando llegó mi turno respondí que quería ser artista de circo para cruzar fronteras.

Pasé toda mi infancia practicando con mucho esfuerzo y dedicación. Siempre pensé que la mejor manera de cruzar fronteras era salir disparado de un cañón. Me fabriqué un casco y le dibujé una estrella, con las sábanas hice una capa y con la ropa interior de mi madre diseñé un traje colorido para pasar volando por arriba de todos los controles y poder viajar de un lugar a otro. Coloqué el cañón frente a la frontera y prendí la mecha. El lanzamiento fue perfecto, mi capa flameaba y yo comenzaba a recorrer el mundo. Pero los guardias de seguridad me dispararon y conocí la muerte antes que mi destino.

Decidí entonces, perfeccionarme como trapecista y poder volar de un trapecio a otro. Mi malla blanca se confundiría con las nubes y mis movimientos suaves con el volar de los pájaros. Me balanceé todo lo que pude y dando giros en el aire cerré los ojos para aterrizar en un horizonte desconocido. Nuevamente las armas de los vigilantes me detuvieron. Los pájaros tampoco tienen permitido cruzar fronteras. Por segunda vez morí sin conocer más que donde había nacido.

Comencé a entrenar acrobacias hasta lograr los mejores saltos que nunca antes se habían imaginado. Tomé carrera y con mis piruetas me dirigí hacia la frontera. Mis trucos eran tan veloces e increíbles que ningún arma pudo detenerme. Pero me estrellé con un gigantesco muro de cemento y perdí el conocimiento. Desperté en un cuarto minúsculo que no me permitía dar ni un pequeño salto y morí de quietud.

Mi cuerpo estaba cansado de tanto entrenar pero los fracasos me habían enseñado a reírme de mi mismo. Me vestí de colores, unos zapatos grandes, una peluca y mucho maquillaje. Así me acerqué a la frontera. Con humor e ingenio realicé una gran rutina de payaso que hubiese hecho feliz a todas las familias del mundo. Pero nadie rió. Me pidieron papeles y documentos a lo que yo respondí con tortas en la cara y flores que tiran agua. Me volvieron a encerrar y esta vez morí de soledad.

Ya de viejo, mi cuerpo estaba lleno de dolores y hacer reír me generaba alergia. Intenté ser heladero, famoso, superhéroe y portero. Pero eran sueños prestados.

Mi último intento fue transformarme en un gran mago. Practiqué día y noche. Sonaron los redobles, de mi bolsillo saqué un gran pañuelo rojo y mostré que la galera estaba vacía. Desaparecí y aparecí al otro lado. Lo había logrado. Avancé lo más rápido que pude y sin mirar atrás me entregué a descubrir ese mundo nuevo. Pero me sentí solo, ya había muerto una vez de soledad y no quería volver a pasar por eso.

Recordé el día que me preguntaron qué me gustaría ser de grande y me acerqué a la frontera. En el momento que los guardias de seguridad apuntaron todas sus armas hacia mí, nuevamente sonaron los redobles. Debajo del pañuelo rojo ya no había nada y la galera estaba vacía. Fue mi mejor truco. La frontera había desaparecido. 

Empezaron a caer hombres y mujeres lanzados por sus cañones, trapecistas disfrazados de nubes, acróbatas dando saltos asombrosos y payasos usando de escudo una gran nariz roja. Detrás de ellos: heladeros, famosos, héroes, porteros.
Detrás del circo venía su público. 

De niño quería ser artista de circo para cruzar fronteras.
De grande quiero ser artista de circo para que los demás crucen fronteras.



                                                                                    (Brunitus)




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