"Poesía Cirquera" es un proyecto literario. Un proyecto de divulgación pasional. Un proyecto que difunde a través de las distintas formas de la literatura, la pasión por los procesos creativos en general y por el circo y los espectáculos callejeros en particular. El proyecto se divide en dos grandes áreas:

La primera está conformada por textos escritos por Bruno M. Gagliardini (Brunitus), el director y generador del proyecto, artista de circo y artista callejero que dedica su vida a estas artes. La segunda es una recopilación de textos de los más variados autores y géneros, resultado de la búsqueda e investigación propia y la colaboración y sugerencia de amigos y colegas.

Así conviven cuentos, relatos, poemas y ensayos inspirados en el circo y sus personajes, la calle y su público. La risa, la idea, el riesgo, el sudor, los aplausos, el silencio. El circo, redondo como la luna, también tiene su cara oculta.

"Poesía Cirquera" es una grieta en la lona por donde espiar este fantástico mundo.
Pasen y vean. Pasen y lean...

Destino

El despertador suena, a la misma hora de siempre, pero con una melodía distinta. Muy distinta. Una canción alegre que parece sarcástica frente al humor con el que Carlos se despierta todos los días. Carlos se encuentra en el limbo entre estar dormido o despierto y no registra este cambio. Un cambio que nadie programó pero que igual sucedió.
Un golpe recupera el silencio.


Carlos se levanta de la cama y va directo al baño. Se lava los dientes, la cara y recién entonces puede abrir grande sus ojos. Carlos delinea su peinado suavemente y buscando la simetría descubre que su nariz está un poco hinchada. No le pica, ni le duele, sólo está un poco hinchada. Piel sensible, problemas con la vista, pelado desde joven, chueco y alérgico a casi todo. Así es Carlos.

Mientras la radio resume las últimas noticias, Carlos se viste al ritmo de la cotización de la bolsa y del caos del tránsito. Camisa blanca, pantalón, saco y corbata gris. Carlos odia muchas cosas, entre ellas, los colores.

Se ata los cordones prolijamente buscando que las extremidades queden parejas. Ajusta el nudo, lo ajusta más fuerte que nunca. Pero igual siente que los zapatos quedan flojos. Seguramente le vendieron mal las plantillas.

Maletín, lentes, paraguas y pañuelo. Carlos espera el ascensor. Sube y se encuentra con Matilda, una niña de siete años que va a la escuela. Carlos la mira, hace un esfuerzo y le sonríe. Matilda comienza a llorar desesperadamente. Carlos odia muchas cosas, entre ellas, los niños.

Carlos sale apurado, el portero lo saluda y él lo ignora, la vecina lo saluda y él la ignora. Carlos avanza rápidamente. Su cabeza piensa en todo lo que los demás tienen que hacer. Cierta incomodidad interrumpe sus pensamientos. Siente el pantalón flojo. Carlos se ajusta el cinturón un agujero más y se enorgullece que su dieta está funcionando. Sigue avanzando a paso firme y ritmo veloz, mirando el suelo.

Carlos llega a su trabajo. Sí, es suyo. Él es el dueño.
El señor de seguridad, la secretaria, los empleados, todos lo miran horrorizados. Nadie entiende pero, por sobre todo, nadie se atreve a decir nada.

Carlos se encierra en su oficina. Se siente mal, está incómodo. Toma pastillas, alguna va a funcionar. Espera, sigue encerrado. Del otro lado, el hombre de seguridad, la secretaria y los empleados murmuran. 

Pasan las horas. Carlos sale de su encierro y  se dirige al baño. 
Abre la puerta. Entra. Cierra la puerta. Grita.

Abre la canilla al máximo, el agua sale con furia. Carlos se refriega desesperadamente la cara. Primero con agua y jabón, pero no funciona. Comienza a raspar sus cachetes con las uñas, pero todo sigue igual. Agarra su nariz, la aprieta, la mira, intenta arrancársela pero el dolor lo obligo a frenar. Carlos transpira. Intenta sacarse ese horrible saco donde está metido. Algo está mal, la tela es parte de su piel. Las mangas del saco son sus brazos, la corbata ya no es gris, el pantalón son sus piernas y los zapatos sus pies. Carlos revuelve entre los productos de limpieza. Vacía toda botella que encuentra sobre su cuerpo: el pelo, el rostro, la ropa. Grita por el ardor. Todo sea por desteñirse, desinfectarse.
Pero nada cambia.

Carlos se desespera. Comienza a golpear su cabeza contra la pared buscando despertar. Pero esa, es su nueva realidad. No lo soporta, respira hondo y se dirige a su oficina. Se encierra. Piensa. Lucha. Carlos está perdiendo. Abre su caja fuerte y del fondo saca un arma. Carlos se mira al espejo por última vez. Nunca lloró y ahora tiene una lágrima dibujada en su ojo izquierdo. Intenta secársela pero la lágrima sigue ahí,  petrificada.
Carlos toma el arma y la apoya sobre su sien.

Respira hondo. Con su última porción de lucidez piensa en su empresa, su dinero, su prestigio, su poder. Piensa en lo que dirán los demás.

Carlos cierra los ojos y dispara.
Un chorro de agua sale del arma.
Muere un empresario ambicioso y malhumorado.

Nace un payaso.


                      (Brunitus)




Árbol

Una madre le grita a su pequeño hijo. El niño llora desconsoladamente porque no quiere hacer lo que su madre le obliga. La madre insiste una y otra vez. Con voz firme y la intensión en la palma de la mano, ordena a su hijo que se trepe a un árbol. El niño expresa claramente sus deseos, quiere estar en su casa jugando con la computadora. La madre insiste, pero esta vez negociando, sólo podrá jugar con la computadora si antes se trepa a ese árbol.

Algo especial debe haber allí arriba.

El niño grita una y otra vez, no tiene pensado subir a ningún lado. La madre, en un acto desesperado, decide aplicarle la condena más terrible. Con voz firme y amenazante dice:

“Hasta que no tengas aventuras de verdad,
no vas a poder tener aventuras de mentira”.


Cada uno debe subirse a su propio árbol.
No al del otro. Tampoco al que otros dicen.
Sí al propio.

Descubrirlo es la parte difícil.
Luego...

De la rama más gruesa colgar una hamaca.
Balancearse lo más alto posible,
disfrutar de la brisa que genera el movimiento.

Es lo más parecido a ser libres que vamos a sentir.


                                                                 (Brunitus)




Gorra

En algún momento de la función, el artista callejero, pasa su gorra...

La gorra es un espejo
donde todos quedan expuestos
a sus miserias:

El pobre a su pobreza,
el egoísta a su egoísmo,
el avaro a su avaricia,
el hipócrita a su hipocresía.


El artista a su arte. 

               (Brunitus)





Tristeza

Hay muchos escritos que hablan de la paradójica tristeza del payaso. Canciones, poemas y cuentos sobre el payaso sufrido, que dejando sus penas a un lado, tiene que hacer reír para poder comer.

Hermosas estrofas que dignifican la generosidad del payaso…

Es el Tony en esta vida a quien Dios destinó a sufrir, pues tiene que hacerte reír aunque tenga el alma herida. Con su sonrisa fingida tiene penas que ocultar. Si el payaso pudiese hablar y contar sus amarguras, hasta las almas más duras podrían con él llorar.”
Fragmentos de “La vida del Tony” (Nicolás Maturana, Payaso Chileno)

Estrofas que dan ganas de abrazar a todo payaso. Sabiendo que detrás de la máscara más pequeña que existe, la nariz de payaso, puede haber un ser humano pasando el peor día de su vida…

Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida sin encontrar para su mal remedio. Ay, cuántas veces al reír se llora.
Fragmentos de “Reír llorando” (Juan de Dios Pesa, Escritor Mexicano)

Desde lo personal, mi perspectiva tienen otro tono:
Cuando estoy cansado de la vida y con el alma herida, lo que más necesito son abrazos sinceros. Lo más parecido a esos abrazos que conozco, es el aplauso espontáneo de un público. Cuando estoy cansado de la vida y con el alma herida, lo mejor que me puede pasar es salir a la pista.

Dicen que la risa cura...

Hacer reír, mucho más.

                                            (Brunitus)




Las Ciudades Sutiles 4 (Italo Calvino)

La ciudad de Sofronia se compone de dos medias ciudades. En una está la gran montaña rusa de ríspidas gibas, el carrusel con el estrellón de cadenas, la rueda de las jaulas giratorias, el pozo de la muerte con los motociclistas cabeza abajo, la cúpula del circo con el racimo de trapecios colgando en el centro. La otra media ciudad es de piedra y mármol y cemento, con el banco, las fábricas, los palacios, el matadero, la escuela y todo lo demás. Una de las medias ciudades está fija, la otra es provisional y cuando su tiempo de estadía ha terminado, la desclavan, la desmontan y se la llevan para trasplantarla en los terrenos baldíos de otra media ciudad. Así todos los años llega el día en que los peones desprenden los frontones de mármol, desarman los muros de piedra, los pilones de cemento, desmontan el ministerio, el monumento, los muelles, la refinería de petróleo, el hospital, los cargan en remolques para seguir de plaza en plaza el itinerario de cada año. Ahí se queda la media Sofronia de los tiros al blanco y de los carruseles, con el grito suspendido de la navecilla de la montaña rusa invertida, y comienza a contar cuántos meses, cuántos días tendrá que esperar antes de que vuelva la caravana y la vida entera recomience.

                                                           (Italo Calvino)





Pañuelo Rojo

Era muy pequeño cuando me preguntaron qué me gustaría ser de grande. Mis compañeritos respondieron: heladero para comerse todos los helados, famosa para salir en la tele, superhéroe para salvar al mundo, portero para baldear las veredas, bailarina, jugador de futbol, inventor, presidente y carpintero. Cuando llegó mi turno respondí que quería ser artista de circo para cruzar fronteras.

Pasé toda mi infancia practicando con mucho esfuerzo y dedicación. Siempre pensé que la mejor manera de cruzar fronteras era salir disparado de un cañón. Me fabriqué un casco y le dibujé una estrella, con las sábanas hice una capa y con la ropa interior de mi madre diseñé un traje colorido para pasar volando por arriba de todos los controles y poder viajar de un lugar a otro. Coloqué el cañón frente a la frontera y prendí la mecha. El lanzamiento fue perfecto, mi capa flameaba y yo comenzaba a recorrer el mundo. Pero los guardias de seguridad me dispararon y conocí la muerte antes que mi destino.

Decidí entonces, perfeccionarme como trapecista y poder volar de un trapecio a otro. Mi malla blanca se confundiría con las nubes y mis movimientos suaves con el volar de los pájaros. Me balanceé todo lo que pude y dando giros en el aire cerré los ojos para aterrizar en un horizonte desconocido. Nuevamente las armas de los vigilantes me detuvieron. Los pájaros tampoco tienen permitido cruzar fronteras. Por segunda vez morí sin conocer más que donde había nacido.

Comencé a entrenar acrobacias hasta lograr los mejores saltos que nunca antes se habían imaginado. Tomé carrera y con mis piruetas me dirigí hacia la frontera. Mis trucos eran tan veloces e increíbles que ningún arma pudo detenerme. Pero me estrellé con un gigantesco muro de cemento y perdí el conocimiento. Desperté en un cuarto minúsculo que no me permitía dar ni un pequeño salto y morí de quietud.

Mi cuerpo estaba cansado de tanto entrenar pero los fracasos me habían enseñado a reírme de mi mismo. Me vestí de colores, unos zapatos grandes, una peluca y mucho maquillaje. Así me acerqué a la frontera. Con humor e ingenio realicé una gran rutina de payaso que hubiese hecho feliz a todas las familias del mundo. Pero nadie rió. Me pidieron papeles y documentos a lo que yo respondí con tortas en la cara y flores que tiran agua. Me volvieron a encerrar y esta vez morí de soledad.

Ya de viejo, mi cuerpo estaba lleno de dolores y hacer reír me generaba alergia. Intenté ser heladero, famoso, superhéroe y portero. Pero eran sueños prestados.

Mi último intento fue transformarme en un gran mago. Practiqué día y noche. Sonaron los redobles, de mi bolsillo saqué un gran pañuelo rojo y mostré que la galera estaba vacía. Desaparecí y aparecí al otro lado. Lo había logrado. Avancé lo más rápido que pude y sin mirar atrás me entregué a descubrir ese mundo nuevo. Pero me sentí solo, ya había muerto una vez de soledad y no quería volver a pasar por eso.

Recordé el día que me preguntaron qué me gustaría ser de grande y me acerqué a la frontera. En el momento que los guardias de seguridad apuntaron todas sus armas hacia mí, nuevamente sonaron los redobles. Debajo del pañuelo rojo ya no había nada y la galera estaba vacía. Fue mi mejor truco. La frontera había desaparecido. 

Empezaron a caer hombres y mujeres lanzados por sus cañones, trapecistas disfrazados de nubes, acróbatas dando saltos asombrosos y payasos usando de escudo una gran nariz roja. Detrás de ellos: heladeros, famosos, héroes, porteros.
Detrás del circo venía su público. 

De niño quería ser artista de circo para cruzar fronteras.
De grande quiero ser artista de circo para que los demás crucen fronteras.



                                                                                    (Brunitus)




Caballos

Cuando a un artista se le desea “mucha mierda”,
se le está deseando muchos caballos atados en las afueras del teatro.

En la época de Shakespeare la gente viajaba en carretas. Carretas tiradas por caballos. Noble animal el caballo. Elegante, fuerte, servicial, salvaje, compañero de héroes revolucionarios. Las carretas se utilizaban para ir a trabajar, pasear, comprar. Para ir al teatro. Así era. La gente llegaba al teatro, ataba los caballos en la puerta y se entregaba a disfrutar de este cálido arte. Luego, se retiraban al ritmo del galope. Galope que, con suerte, acompañaba el eco de los aplausos. La gente se transformaba en público y el caballo seguía siendo caballo. Un animal pierde su esencia cuando lo atan. Mientras la gente se perdía en los dilemas de Hamlet, el amor pasional de Romeo y Julieta y la locura de Macbeth, el caballo en la puerta del teatro se aburría y sumergido en su tristeza, cagaba.

Cuando a un artista se le desea “mucha mierda”, se le está deseando muchos caballos atados en las afueras del teatro. Se le está deseando, mucho público en la sala.

De todas las virtudes de este noble animal, el artista toma su intimidad más desagradable para representar su deseo. Quizás, sea para recordar la paradoja del artista: nunca debe ser cagón pero siempre debe cagarse en todo aquel que intenta atarlo. Quizás, sea para recordar que no importa si el artista es sucio y vulgar. Pero sí importa que su arte nazca de las entrañas. Quizás, sea para recordar que el artista siempre tiene que tener hambre. La sala llena le permite alimentar su estómago y su espíritu. Pero, por sobre todas las cosas, el artista no debe ser onanista. La sala llena representa una gran orgía de generosidad. 

Galileo Galilei, hombre apasionado por las ciencias y el arte, dijo:

Digamos que existen dos tipos de mentes poéticas:
una apta para inventar fábulas y otra dispuesta a creerlas

El deseo de “mucha mierda”  es, el deseo de muchas mentes poéticas.

                                                             (Brunitus)

Dato histórico:
William Shakespeare y Galileo Galilei nacieron en el año 1564. Mentes poéticas.




Ser o No Ser

Quien lo conoce, tiene alguna teoría sobre su salud mental. Pero él, está sano.
Hace lo que hace y lo hace como lo hace por una simple razón. Nunca tuvo una idea.

Una noche de invierno, una sensación espantosa lo despertó. Un escalofrío cabalgó por su columna. Salió corriendo directo al baño. Algo adentro suyo quería salir. Se obligó a vomitar. El malestar empeoraba. Era el corazón, latía muy rápido. Estaba por morir. Miró al espejo, tenía los ojos rojos y las venas de la cabeza a punto de explotar. Se asustó. Las piernas se le aflojaron y cayó rendido al suelo. Comenzó a reírse, reírse sin parar. Se levantó, se quitó la ropa, prendió la radio y se puso a bailar desnudo. Abrió la heladera, sirvió un vaso de leche y comenzó a hacer gárgaras. Cambió los muebles de lugar, le habló a las plantas, hizo pis de parado y se vistió con la ropa de su difunta madre. Luego se desmayó.

Su primera idea había nacido.

Despertó cerca del mediodía.  Tenía sed, hambre, ganas de viajar, conocer mujeres, ir al cine y comer chocolate. Se dio una ducha y luego renunció a su trabajo. Tenía la mirada perdida y una sonrisa dibujada. Tenía una idea, su primera idea y era brillante. No iba a parar hasta llevarla a cabo.  Necesitaba cambiar su día a día. Necesitaba dinero y poder. Desarrolló un producto, lo comercializó, invirtió en una oficina, luego construyó una fábrica. Su emprendimiento lideraba los mercados. Necesitaba más dinero, esas cantidades que no se consiguen trabajando. Salió a caminar, observó, diseñó y resolvió. Al otro día las tapas de los diarios hablaban del mayor robo a un banco de la historia. Llegó el momento de conseguir apoyo, el momento de ser popular. Ganarse a los vecinos fue muy fácil, la ciudad, la provincia, el país, eran cuestión de tiempo. Pero no era suficiente. El día que todo el mundo hablaba de él, ese día, se dio cuenta de que faltaba poco. Respiró hondo y se relajó, sintiendo como el aire que entraba en su cuerpo acariciaba su idea, su única idea. Era cuestión de tiempo para cambiar la historia. Solo le faltaba morir. Una muerte rápida, sin dolor. Una muerta con mensaje.

Por primera vez se cuestionó. Lo que más deseaba, lo único que deseaba, era ver su idea realizarse. Para ello, tenía que morir. Maldita paradoja.

En ese momento un dolor de cabeza terrible le obligo a cerrar los ojos. Estaba confundido, su brújula giraba sin parar. Abrió los ojos, todo estaba nublado. Empezó a correr esperando que el sudor lo vacíe. Sintió como el pecho se le comprimía, era un dolor tácito. Intento respirar hondo, acariciar nuevamente su idea, agarrarse fuerte de ella, pero no pudo. La angustia lo obligó a vomitar. Se le aflojaron las rodillas y en aquél punto donde debía morir, simplemente se desmayó.

Su idea, su brillante idea, había nacido de entre sus vísceras, crecido a través de su corazón y se instaló en su cabeza. Esta vez el camino fue el inverso. Comenzó en su cabeza, luego tomó su corazón para finalmente revolverle las vísceras.

Su primer dilema había nacido.
                                                                     
                                                                     (Brunitus)




Diábolo


Elemento sin vida que late, respira y transpira junto conmigo
Fuerzas de igual módulo y dirección pero sentidos opuestos
La mirada de un niño que se pierde en dibujos etéreos
Dos copas unidas por un eje más dos palos y un hilo
Una extensión del cuerpo en una danza circular
Enredos alocados con finales felices
Ahuyentar malos espíritus
Generar energía
Transmitir
Bailar
Girar
Lanzar
Movimiento
Juguete milenario
Compañero de aventuras
Equilibrios confusamente bellos
“Lanzar a través de” según los antiguos griegos
Rotación de sensaciones sobre un universo infinito
Un puente invisible hacia las emociones del oponente
Hay que ponerse a girar para poder entenderlo, girar y girar
Cada vuelta salpica y desparrama la esencia de quien le da vida


                                            (Brunitus)




Saludos

Hay que compartir el planeta con otros y otras. Algunos, para evitarlo, optan por mudarse hacia la muerte. Otros, se quedan y se encierran. Pero la mayoría decide compartir.
Esa gran convivencia exige mínimos códigos. El saludo, es uno de ellos:

- Hola.
- Hola.

Hasta aquí vamos bien. Un gesto de carácter coloquial que fue mutando hacia la inercia.
Lamentablemente hay más:

- ¿Qué tal?
- Bien, ¿y vos?
- Bien.

Un falso interés por el otro. Un falso bienestar. Vecinos, colegas, familia.
Hace unos años, viajando por otras culturas, aprendí otra forma de saludar.
Esta nueva forma, tan distinta, me quedó grabada:

- El cielo está despejado.
- El pueblo está tranquilo.
- Alá es el dueño de todo.

Sería interesante recuperar el significado del verbo saludar. Simplemente, desear salud.
El saludo no es real, el saludo es un deseo. Expresar algo agradable.

Me imagino entonces, al cruzarme con algún amigo artista de circo:

- La carpa está llena
- La rutina sale perfecta
- El público aplaude de pie


Luego, cada uno sigue su camino.

                                                                     (Brunitus)




Familia

Todos reían con ellos. Eran una dupla perfecta.
Pero nadie, por más ocurrente que fuera, hubiese imaginado que eran padre e hijo.

Una vez conocí a un payaso. Recuerdo que era muy mentiroso. Se la pasaba contando historias fantásticas de su pasado, que no coincidían con su mediocre presente. Dejando de lado la veracidad de las historias, daba gusto escucharlo. Se poseía, interpretaba los distintos personajes, cantaba y actuaba sus historias.

Lo conocí trabajando en un humilde circo. Un circo con buenas intenciones, pero solo eso. Él, era un gordito simpaticón que hacía reír al público con chistes clásicos. Luego de la función, mientras compartíamos la cena, comenzaban sus historias. Historias que hablaban de grandes circos donde el público se rendía a sus pies, premios al mejor payaso por sus grandes números y mujeres hermosas que se enamoraban perdidamente de él.

Una noche, alguien le preguntó por su familia. Se puso de pié, siempre hablaba de pié. Contó que nació en un pequeño pueblo. Su madre era una pelirroja exuberante y su padre era enano. Ambos, artistas de circo. De esa pareja despareja habían nacido cuatro hijos: Tres mujeres, dos hermanas mellizas enanas y una niña de altura normal. Y un varón, que era él, un joven alto y un poco gordito. Esa noche todos reímos escuchando e imaginando. Sus historias sorprendían, pero más sorprendía que siempre se le ocurriera algo nuevo y cada vez más absurdo.  Sus palabras nos llevaban de viaje. Todos sumábamos, a veces con burlas, otras con más mentiras. Mientras comíamos los restos del día anterior, construíamos el rompecabezas del pasado. Un pasado con mucho condimento, como la comida. Para que tenga mejor sabor.

El circo iba recorriendo pequeños pueblos. De jueves a domingo se hacían funciones. Cada tanto, se llenaba la carpa. Cada tanto, éramos más artistas que público. Pero la función nunca se suspendía, todo sumaba.

Un día, el silencio nos confundió. El payaso mentiroso siempre estaba molestando antes de entrar a la pista. Pero esta vez estaba callado, espiando entre los telones como la gente se acomodaba. Por primera vez, lo vi nervioso. Se maquilló más preciso que nunca, su vestuario estaba inusualmente impecable, y sus gags todos prolijamente acomodados. Le pregunté si todo iba bien pero no respondió.

La función fue una más, salvo por las risas. Lo que tenía alterado al payaso mentiroso, lo había inspirado. Tengo la teoría de que los nervios antes de entrar a la pista, son positivos. Implican respeto por el público y por lo que uno va a hacer. Implican hambre de que las cosas salgan bien. Un artista con la panza llena pierde su norte. Y ese día, el payaso mentiroso se comió al público.

Por la noche, la mesa para cenar tenía cinco platos más que de costumbre. El dueño del circo anuncio que teníamos invitados. Una mujer de curvas generosas y andar llamativo fue la primera en sentarse, junto a ella se acomodó una niña flaquita y alta. La niña llamo con un grito a sus hermanas. Dos mellizas, que eran enanas, llegaron corriendo. Y por último, el payaso mentiroso venía abrazado a un señor enano que apenas le pasaba la cintura.

En ese momento aprendí, que los payasos no mienten.
Simplemente llevan, una vida poca creíble.

Después de ese encuentro, el señor enano se sumó al espectáculo.
Todos reían con ellos. Eran una dupla perfecta.

Pero nadie, por más ocurrente que fuera, hubiese imaginado que eran padre e hijo.

                                                                                                   (Brunitus)




Plaza Vacía

(La página en blanco del artista callejero)
Están los locos
          los niños
          los sabios y los tontos
          los que no usan reloj
          los que no tienen brújula
          los enamorados
          los aventureros y los curiosos

ellos
se acomodan
en la primera fila
de la palma de mi mano

están los que espían
         los que mantienen distancia
         los que pasan por ahí
         los que caminan mirando el suelo
         los perdidos
         los que piensan que no es para ellos
         los que tienen miedo

ellos
son un desafío
a un paso de quedar atrapados
a un paso de perderse en el horizonte

y están la mayoría
            los prejuiciosos
            los que se olvidaron de jugar
            los apurados
            los que se creen importantes
            los que no pueden
            los que no se lo permiten

ellos
son el redoble
de un truco
peligroso

que saldrá mal.

                               
      (Brunitus)



Niño

Los zapatos gigantes y el sombrero tipo Bombin, completaban lo que el maquillaje anunciaba. Caminó pausadamente hacia el centro de la plaza. Abrió su valija y comenzó a ordenar las futuras sorpresas. Hay que tener todo listo, nunca se sabe que truco es el más oportuno hasta el momento justo.

La poca gente que había en el lugar, con gestos, se adelantaba a los hechos. Algunos se fueron maldiciendo, comparando a los políticos con los payasos. Otros, tomaron del brazo a sus hijos e inventaron alguna excusa poco creíble para irse rápidamente. Las parejas se sintieron invadidas y se refugiaron en algún otro lugar de la plaza. Algunos viejos se quedaron, no por entusiasmo, moverse les implicaba mucho esfuerzo.

Hubo una sola persona que se quedo, esperando, que suceda algo maravilloso.
Era un niño, prolijamente peinado y vestido. Se acercó, miro al artista y amablemente preguntó:
– ¿Usted es pobre?

El artista se sorprendió, nunca le habían preguntado algo así.
– No, ¿por qué? – retruco amablemente.
– Porque trabaja en la calle – el niño siguió, como repitiendo una fórmula –. Si trabajas en la calle, sos pobre.

Las palabras del niño entristecieron al artista. Había una gran contradicción en lo que estaba sucediendo. Un discurso de adulto lleno de prejuicios, una mirada de niño llena de ilusión. El artista respiro hondo y muy seriamente respondió:
– Todo lo contrario, pequeño amigo – acomodó su corbata a lunares y continuó –. Te voy a compartir un secreto: Soy un hombre muy rico, tan rico, que por el resto de mi vida puedo dedicar mi tiempo a hacer lo que mas me gusta – hizo una pausa, miro fijamente al niño y en voz baja dijo – lo que mas me gusta es esto. – en ese momento abrió su valija revelando todos sus secretos.

El niño abrió grande los ojos y la sonrisa dejo a la luz sus pequeños dientes.
Salió corriendo para contarle a sus padres.                                                                                

Rico y payaso.
Ahora sí.
Le dejarán ver la función.

El niño nunca regresó, pero la función sucedió igual.
Hermosa, entretenida y generosa. Llena de riquezas.
 
                                                                  
                                                                               (Brunitus)




Triple

El triple salto mortal es el sueño de todo trapecista.
Un imposible que apenas ha sido rasguñado.
A escondidas, con la carpa vacía y la pálida luz blanca,
un nuevo capítulo se asoma lentamente.
Pero para un artista de circo,
la hazaña no se construye hasta que el público no la festeja.

Alfredo y su portor habían establecido un código: si la rutina de todos los días salía perfecta harían una seña al presentador y este irrumpiría en la noche con el gran anuncio. Los trapecios volantes eran el cierre, durante ese acto, el resto de los artistas se preparaba para el saludo final. Pero esa noche fue distinta, nadie se quería perder ese nuevo capítulo en la historia del circo.

La rutina salió perfecta, el público eufórico aplaudía. Alfredo mira a su portor, su portor le devuelve la mirada con una sutil sonrisa. Alfredo mira al presentador y le hace la seña pactada. El presentador respira hondo y se entrega a su labor con el entusiasmo de una primera vez. Todas las noches, con sus palabras, transforma las piruetas en acontecimientos únicos. Esta vez, era cierto.

El latir del redoble enmudece la carpa. Alfredo se hamaca más que nunca. Lo que quiere lograr, queda lejos. Del otro lado, el portor golpea sus manos con firmeza y el polvo del magnesio propone una foto inolvidable. Alfredo y su portor llevan meses buscando, obsesionados.

El trapecio llega a su punto máximo. Las manos de Alfredo se alejan de la barra, y su cuerpo se agrupa dejándose llevar por la inercia de tantos ensayos. Nadie se mueve, nadie respira, los corazones de todos se detienen. Salvo el del portor, que late más fuerte que nunca. Él sabe que está en sus manos, literalmente, atrapar a este ángel y devolverlo a la tierra. También sabe, que el nombre que pasará a la historia será el de Alfredo y que nadie recordará quien fue el primer trapecista en atrapar un triple salto mortal. La historia se pregunta si logrará dejar caer su ego o si su ego, dejará caer a Alfredo.

El primer mortal, de tan perfecto, es casi imperceptible. El cuerpo de Alfredo sigue girando. El segundo mortal se concluye en el punto más alto del vuelo, las luces rebotan en las lentejuelas del vestuario generando un efecto celestial. Para muchos, lo que esta por suceder, solo es posible con una ayuda divina.

Hay una sola persona que está en esa carpa, en ese momento, mirando para otro lado. Es el padre de Alfredo. Por su sangre, Alfredo es quién es y por su sangre, Alfredo está arriesgando su vida. Alfredo lleva apellido de trapecistas. La historia de su familia está llena de capítulos trágicos en la búsqueda del triple salto mortal. Fumando un cigarrillo, en la puerta del circo, el padre de Alfredo espera. Es un parto. Pero esta vez, la señal de que todo sale bien no es el llanto de un bebe, sino el estallido del público en un aplauso eterno.

El portor se balancea, se sincroniza. Todos confían en él, pero él duda. Hay algo que nadie sabe. Al portor le encantaría estar en el lugar de Alfredo. Su altura y su peso, desde pequeño, lo obligaron a ser el que recibe, el que atrapa, el que sostiene. Pero nunca pudo ser el que vuela, el que acaricia el sueño de todo humano.

El cuerpo de Alfredo entra en su tercer giro. La historia, comienza a reescribirse.
El dueño del circo cierra los ojos y comienza a rezar. Él había convencido a Alfredo de que se arriesgue, lo había manipulado con elogios y promesas. Pero la verdad es que el circo estaba en decadencia. En los últimos pueblos la gente apenas se había acercado. Tener el primer triple salto mortal de la historia lo salvaría. Y una tragedia lo terminaría de hundir. El dueño del circo reza, reza sin parar.

El único que está en paz es Alfredo. Él vuela, es lo mejor que sabe hacer. Elegante, preciso, natural. Allí arriba, su cuerpo desafía las leyes de la física y su mente descansa. Cuando Alfredo es trapecista, es libre. Por eso pasa más tiempo en el aire que en el suelo.  Cuando camina se imagina volando, cuando vuela, simplemente vuela.

El circo es gigante y agiganta. Es gigante porque tiene raíces con forma de ruedas. Los nudos con los que se aferra son fuertes pero efímeros. Es gigante porque no se sabe donde empieza y menos donde terminará. Es gigante porque es universal y popular. El circo agiganta la nobleza del payaso, que se ríe de si mismo para hacer reír a los demás. Agiganta la fuerza del forzudo, la flexibilidad de la contorsionista, el equilibrio del equilibrista, los reflejos del malabarista. Agiganta la osadía, los actores actúan el riesgo, los artistas de circo lo viven en carne propia. Agiganta la utopía, esa de volar como los pájaros, volar como los trapecistas.

En el año 1920 Alfredo Codona fue el primer trapecista en la historia en realizar el triple salto mortal. La prensa lo llamó “gloria de poesía volante” y “ángel del trapecio”. Por el contrario, nadie describió la hazaña del hombre que atrapó a Alfredo con manos firmes. Nadie, ni siquiera, recuerda el nombre del portor.

Solo se sabe una cosa: era gigante.


                                                                       (Brunitus)